El Palacio de Ámbar

Terminada la faena del día, Yin Yu Fu[1]descansaba en la cubierta. La lancha arponera flotaba en un rincón del Pacífico Sur, tan resguardado del viento que parecía un lienzo encendido por los reflejos del cielo. Había zarpado de China enamorado de Meng Jun Niú[2], a quien esperaba pedir en matrimonio apenas estuviera de regreso. Lo acompañaban la luz de la luna llena y una botella de cerveza Shien U[3], la más popular de You Shiá Chiáng[4], su aldea natal en la provincia de Heilongjiang.

Apoyado en la baranda de estribor, soñaba despierto, vagando con la mirada por los acantilados de Quintay.

La voz del capitán que lo llamaba a recogerse lo sacó de su estado de amoroso letargo. Apuró la cerveza que quedaba y arrojó al mar la botella.

Una burbuja de aire atrapada en el recipiente demoró su descenso. Los peces que la vieron pensaron en una medusa enana, que, herida de muerte, dejaba llevar su translúcido cuerpo hasta las rocas del fondo.

Acostada entre las piedras y oculta de todas las miradas entre un bosquete de huiros, la botella de vidrio ámbar se dejó lavar y pulir por el ir y venir del agua, y por los granos de arena que esa misma danza levantaba desde el fondo. Así pasó un año, sin más sobresaltos que las marejadas invernales, que no la inquietaron en su sólido lugar de descanso.

Al llegar los mediados de agosto, una pareja de camarones de roca se apareó en el mismo bosque de huiros. La madre liberó las larvas en las cercanías. Ya camarones juveniles, la mayoría de los hermanos se dispersó a lo largo de la costa, dejándose llevar por las corrientes. El más pequeño, en cambio, temeroso de la suerte que podía correr al enfrentarse con depredadores de mar afuera, decidió quedarse a pocos metros de la caleta de pescadores.

En su primer invierno en soledad, el pequeño camarón fue juguete de una tormenta furiosa, que lo arrastró de un lado a otro a merced de la corriente. Cuando ya temía por su destino, la suerte lo llevó hasta el lugar en que reposaba la pulida botella. A sus ojos, el Cangrejo Sombrío parecía un castillo de ámbar y no pudo dejar pasar la oportunidad de convertirla en su refugio.

Al entrar, quedó extasiado por la serenidad del interior y su agua, algo más cálida que la del exterior. La botella se inclinaba en un ángulo perfecto, que permitía el ingreso de agua fresca y oxigenada con cada ir y venir de la marea. El joven camarón decidió que fijaría allí su domicilio.

Pasada la tormenta, esperó la noche y salió a explorar los alrededores. Encontró algas y un depósito de restos de animales que las corrientes arracimaban al pie de unas rocas. Podía llegar hasta esos manjares con unos pocos movimientos de su cola.

El tiempo se habituó a su vida.

El joven camarón creció con rapidez gracias a los suministros cercanos a su castillo. Y así también, las paredes de ámbar se fueron cubriendo de una concreción marina, como un liquen submarino: pintura de roca aplicada por la brocha descuidada de Neptuno.

Llegó entonces el día en que el camarón, ya crecido, sintió que la entrada a su castillo le resultaba trabajosa. Temiendo que pronto llegaría el momento en que quedaría fuera, decidió que se mantendría sin salir de su refugio. La comida no sería un problema, porque el agua que entraba traía siempre con ella nutritivas larvas. Además, desde el interior, el vidrio de su palacio le dejaba ver cuanto ocurría en su bosque de huiros.

Y siguió creciendo, hasta que un día sintió la tentación de nadar y se vio enfrentado a una desagradable certeza… ya no podía salir de su botella.

Se consoló recordando la hermosa vista que tenía disponible desde su ventana. Pero la razón de su consuelo no tardó en desaparecer: la botella de ámbar acabó cubierta casi por completo de pintura de roca, hasta hacer imposible ver lo que había afuera.

Con el tiempo, la penumbra y la soledad exigían del camarón un gran esfuerzo para mantener la cordura. Aunque entraba algo de luz, le resultaba imposible distinguir el entorno. Primero creyó quedarse ciego. Más tarde, privado de estímulos nuevos, se convenció de que el mundo era solo el interior de su botella.

Las luces que se filtraban entre la pintura de roca eran las señales que le enviaba Dios, para ayudarlo a sobrellevar la soledad, mostrándole que esa era la forma de ser de la creación que lo tenía a él como única criatura. Y era el mismo Dios, el que le hacía llegar con el agua que mueven las mareas, el maná que lo alimentaba.

Así vivió en paz, acogido por su fe y el orden natural que veía en las cosas.

Inesperadamente, una mañana sintió que el castillo de ámbar era sacudido por fuerzas brutales, sin duda presagio del fin del mundo.

No supo si sintió sorpresa u horror cuando una luz cegadora inundó el refugio. Un ser de otro mundo rascaba la cobertura de pintura de roca y revelaba una realidad que el camarón había relegado al plano de la fantasía. Todo aquello en lo que había acabado creyendo se derrumbaba de súbito ante sus ojos, que, por milagro, recuperaron la visión.

Un cíclope, con mangueras que llegaban a su cara y dejaba salir llamaradas de burbujas por su boca, fijó su mirada en el palacio de ámbar y pareció sorprenderse al ver al camarón en su interior.

Se miraron a los ojos por un buen rato. Ambos entendieron la cuestión que debían resolver:

¿Qué era lo racional y justo?

¿Quebrar la botella y liberar al camarón de un refugio que había acabado siendo una prisión?

¿O aceptar que el mundo había desaparecido para el inseguro crustáceo, y que la libertad, lejos de ser un regalo, sería una condena?

Una condena a vivir una vida para la que no tenía armas, pues apenas podía ver, había olvidado nadar y era incapaz de procurarse el alimento que todos estos años le había entregado Dios.

Ni el camarón ni el buzo se atribuyeron nunca la iniciativa. Quizás por pudor, tal vez por honesta modestia. Tampoco se quejaron nunca por el curso de los hechos.

El buzo, aunque se hundía sin control bajo el peso de la culpa, dejó el palacio donde lo había encontrado, no sin antes limpiar las paredes de ámbar cubiertas de pintura de roca.

Aunque la ansiedad le latía hasta las tenazas, el camarón la contuvo, posó su cola en el fondo de su botella de ámbar y disfrutó de la vista recobrada:

«Quizás este dragón regrese algún día para saber que ha sido de mi… entonces podré decirle si he cambiado de opinión».

La inquietud en el corazón del buzo tardó varios meses en disiparse.

El optimismo del camarón fue incapaz de restaurar su fe, y acabó hundido en la locura.


[1] El Ballenero.

[2] la Dama del Alma Onírica

[3] el Cangrejo Sombrío

[4] el Reino de los Caballeros Errantes

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