Qué significa ser un hombre a la mitad. Qué hay con esa parte que no está. ¿Es que hay otro hombre a la mitad por ahí vagando… o acaso la mitad que no se ve ha muerto?
Si no hubiera muerto y en cambio anduviera por ahí, medio vagando, medio viviendo, sería ya inevitable hablar de dos mitades de hombre. Y si es así, al menos yo me preguntaría por qué razón es que ese hombre está ahora dividido. Dividido a la mitad y no en otra proporción. Porque esa equivalencia tajante es la que complica cualquier discurso.
¿Para qué decir lo cuesta arriba que se pondrá todo cuando proponga la necesidad de acordar o definir si la división de que se trata corre en línea horizontal a la altura de la cintura o, es en cambio más radical y cae guillotinadamente desde la coronilla hasta los pies?
Nada es fácil en esta esfera quizá porque es poco conocida. No porque falte en ella lo cotidiano ―digo, hombres como este me ha tocado ver, y muchos ―, sino porque resulta trabajoso para cualquiera alcanzar una conclusión acerca de lo que ese cuerpo dividido espera.
¿Habrá en cada parte una razón independiente? ¿O como partículas entrelazadas gozarán los mismos placeres y padecerán idénticos dolores a un único tiempo, con una misma intensidad, tengan o no amor a cuestas?
Como el hombre dividido, las opiniones se separan. Nadie quiere aventurarse a dar con certidumbre una opinión sobre ese ser acongojado.
Dicen ―aunque no lo creo― que simplemente al despertar una mañana, advirtió que alguien más yacía en su cama. Aunque se sorprendió por ello, no alcanzó esa sorpresa siquiera a los talones del horroroso impacto: descubrió que era él mismo, o su mitad, el que apoyaba media cabeza en la misma almohada.
A la sorpresa la siguió la pena. Siempre había sentido su alma partida, llamándole cada parte a seguir un camino que la otra parecía repudiar con un ímpetu que él no tenía. Y divagó su mente muchas veces, cuestionando sus razones, cualquiera fuera el lado de si mismo al que correspondiera llevar el discurso. Pero esto era demasiado. ¿A qué grado habrá llegado en su interior la divergencia de sus propios pareceres, que el alma que lo hacía ser uno y sí mismo abandonó su labor y se dejó modificar las fronteras?
Claro que su primera acción fue forzar la reunión. Se hizo creer que las diferencias en su interior eran cuestiones baladíes; no había nada importante en ser de este o aquel modo; que podía renunciar a la mitad de la felicidad que anhelaba, con tal de permanecer uno.
Pero, a poco vagar por su mente, advirtió que con esa opción no resolvía su problema, sino sólo levantaba un espejismo. Lo supo porque aquel curso de acción lo forzaba de igual manera a optar y era el optar, el elegir, lo que lo había conducido a su actual predicamento.
Para volver a unirse debía tomar una dura decisión: ¿cuál de las opciones que causaron su transformación en un hombre dividido sería la que quedaría desechada, sacrificada, para que se refundiera su cuerpo?
Como todos pensaban, creyó que habría en la democracia una solución a su dilema. Pero, aunque se llamó a las urnas una y mil veces, el resultado fue siempre el mismo: un decepcionante empate. Cada parte de si se sentía con el derecho de actuar como sí misma. La unidad parecía habérsele ido de las manos. En un rincón de su mente, brotaron las primeras intensiones de ajustarse a ser, conformarse con vivir, resignarse para siempre a esperar la muerte como un hombre dividido.
Pero la idea de morir siendo él como un nosotros, anudó sus gargantas. Sus estómagos se torcieron en un nudo imperfecto. Una media gota de sudor gélido corrió sus espaldas y, al chocar con la brisa que lo atravesaba, se volvió aún más lacerante.
Y concluyeron, al mismo tiempo ambas mitades, que solo la fuerza pondría en orden las cosas. Debía hacerse unir por cualquier procedimiento. Buscó ayuda en la medicina, pero su padecer se juzgó una forma de locura a la que no podía darse cura. Necesitaría de terapias, pero no hubo psiquiatra dispuesto a aceptar que una mitad pudiera escuchar lo que la otra decía, sin violarse con ello el secreto a que su profesión le obliga.
Viajó al taller de un maestro talabartero para que, haciendo gala de su habilidad prodigiosa, uniera sus trozos en el cuerpo completo en el que antes vivía. Pero en la cara del maestro solo encontró espanto. Miedo desgarrador que impulsó a toda la aldea a correr a palos a las dos mitades.
A la salida de la villa, en un cruce de caminos, halló a un burro atado a un árbol de alcornoque. Los dos se quedaron mirando a la bestia, y quien sabe si hasta envidiando la vida que llevaba, exenta de cargas como las que debe soportar el hombre.
Lo que nadie ha querido hacer con ellos, decidió hacerlo por sí mismo. Desató al burro y lanzó la cuerda sobre una rama robusta. Cogió las puntas e hizo un lazo que sujeto a la rama con una fuerte amarra. Ambas partes se invitaron a estar una junto a la otra. Juntaron su media cabeza y su medio cuello y, para evitar que se separaran de nuevo, las amarraron con firmeza.
Con gran esfuerzo, las mitades subieron a horcajadas sobre el burro. Se echaron medio ojo una a la otra y, con izquierda y derecha al unísono, palmearon las ancas del sereno asno, que no pudo más que emprender la marcha. A poca distancia se selló el procedimiento…
Y en la encrucijada de caminos, cerca de la villa del talabartero, en una rama de alcornoque se balanceaban unidas solo por el cuello, las dos partes del hombre dividido.